“10 euros, 10 botellines”.
Part One
Muy buena idea recurrir a la existencia de un boceto inacabado de Lorca para el desarrollo de una historia que el propio autor nunca pudo terminar. Recurso que el cine ha practicado incluso sobre borradores auténticos en El último magnate, donde Harold Pinter cierra la novela que F. Scott Fitzgerald dejó a medio escribir al morir en 1940, aprovechando las notas que el autor había dejado sobre su desenlace; o en The Garden of Eden, donde se da forma al manuscrito en el que Hemingway trabajó durante quince años y que solo se publicó, muy editado, en 1986.
Y ya con argumentos inventados, este recurso también ha funcionado con buenas pelis como Amadeus, donde el Réquiem inacabado que Mozart dicta y Salieri transcribe se convierte en el verdadero clímax de la película; o en Shakespeare in Love, donde el torpe borrador de Romeo y Ethel, la hija del pirata va cambiando, escena a escena, hasta ser Romeo y Julieta.
Sobre la interrelación de varias historias que convergen en un final común tenemos Pulp Fiction o Love Actually, por ejemplo.
Las historias son dos intentos de historia de amor que, desde mi punto de vista, no acaban de cuajar, se quedan en un intento. Bueno, quizá sea ese el objetivo.
Y la vida personal del protagonista y conductor de la peli, con sus problemas personales con su madre.
Contando con que todo esto ya se había hecho antes, con que son muy buenos directores y que han tenido mucha pasta a su disposición, al final, es una película sólida, con una excelente factura técnica y muy bien ejecutada. Al menos estos devolverán la subvención.
En el cine tenemos infinidad de temáticas, a saber, de vaqueros, de romanos, de deportes, de cine dentro del cine, de aviones, de barcos, de amor, de guerra, de adolescentes, de familia, de homosexuales, de gángsters, de superhéroes, de princesas y de todas las demás. Esta peli es de homosexuales.
A mí no me gustan las pelis de barcos, de aviones, de princesas, de superhéroes y las de amor, ahí, ahí. Pero tampoco me gustan las películas de homosexuales.
Había que ir a verla para apreciar por qué estaba teniendo tanto éxito, pero no habría ido si hubiera sabido que, efectivamente, se trata de una película de homosexuales. No tengo absolutamente nada en contra de ellos, pero no me gusta la temática. Las pelis de barcos me aburren soberanamente, pues las de homosexuales lo mismo.
Había oído hablar de que se trataba de una historia de amor. No. Se insinúa un romance entre dos de los protagonistas y se sugiere un romance entre Lorca y uno de los protas, pero sólo unas pinceladas. Y, de hecho, esa relación existió, aunque, al parecer, Rafael Rodríguez Rapún falleció en combate, no fusilado. Bueno, licencias permisibles para los autores. Es cine.
Nada más, ni un solo beso de amor en toda la película.
Se vende como historia de amor para retratar a homófobos (bueno, ahora se señala y condena, no se retrata) y hacer más caja. Pero se trata de una película para reivindicar la homosexualidad, no el amor. Son recurrentes los diálogos reivindicativos de la homosexualidad, completamente legítimos, y la escenografía “en plan” Jean Paul Gaultier, sobre todo con los marineros.
Eso sí, todo muy bien hecho. Le gustará a quienes les guste esa temática. Respetable, por supuesto.
Part Two
Y, con la reivindicación homosexual como conductora de la película, como es costumbre en el cine español, se utiliza el alcance de las pantallas y del pedazo de marketing desplegado para freírnos con la ideología imperante.
Eso es, a mi juicio, lo que hacen los directores de La bola negra: como Leni Riefenstahl en El triunfo de la voluntad, ponen un talento indudable al servicio de una ideología y no de la verdad.
No se trata de equiparar regímenes ni causas, sino el mecanismo, el cine como instrumento de adhesión y no de comprensión. La película no retrata la historia reciente de España, sino la versión que su causa necesita que se crea y lo hace de la mano de una presunta historia de amor, porque la simplificación resulta más persuasiva que cualquier hecho. Cada plano está concebido para que el espectador no piense, sino que se emocione y adhiera; de un lado, víctimas puras y luminosas; del otro, una masa indistinta de verdugos sin matiz ni humanidad. Donde Riefenstahl embellecía al régimen, aquí se criminaliza en bloque a quienes no comparten la mirada de los autores, y el resultado es el mismo, una obra que usa la memoria histórica como coartada para hacer propaganda y que, en nombre de la emoción, renuncia a la honestidad que debería a los hechos y a las personas reales que los vivieron.
Echadle, si queréis, un vistazo a Raza, de José Luis Sáenz de Heredia.
Hace tiempo oí a un guionista de cine decir que las películas, y sobre todo las históricas, no cuentan el hecho histórico que retratan, sino el momento en que se ruedan. Tenía razón: El triunfo de la voluntad dice más de la Alemania de 1935 que del congreso de Núremberg, y La bola negra dice más de la España de 2026, y de lo que hoy conviene creer sobre su pasado, que de la de 1937.
Conclusions:
Tiene muchas papeletas para pillar Óscar, a los actuales miembros de la Academia les mola mucho Lorca y esta temática.
Va a pasar. Igual que no puedes decir que no te gusta el fútbol femenino (aunque te encante el vóley, el baloncesto o el tenis femenino), no podremos decir “no me gustó La bola negra”. Yo lo digo.
Así que, si tienes intención de ir a verla, valora el precio de la entrada y recuerda las sensatas palabras de mi amigo Molina, “10 euros, 10 botellines” (y aplícale el IPC).
No hay vídeo.
TÍTULO ORIGINAL: LA BOLA NEGRA

























